"Dentro de años, ante la señal de luz azul de la interfaz cerebro-ordenador, recordará aquella tarde lejana en la que vio a Lee Sedol caer en su mano número 78 con los ojos de un humano de sangre pura, cuando su cerebro aún era una isla cerrada y aún no había compartido una marea de neuronas con ninguna conciencia basada en silicio."